jueves, 27 de octubre de 2011

La cena en Emaús

 La cena en Emaús
 Autor:Rembrandt 
 Fecha:1629 
 Museo:Museo Jacquemart-Andre 
 Características:37´5 x 42´5 cm. 
 Material:Oleo sobre tabla 

Dentro del más puro estilo tenebrista Rembrandt realiza esta escena. Sin duda lo más significativo es el contraste entre luz y sombra. Dicha luz parece proceder de un foco lumínico artificial como habían hecho Tintoretto y Bassano en la Venecia de finales del siglo XVI. Uno de los discípulos queda profundamente sorprendido cuando ve a Cristo resucitado comiendo junto a él en la posada de Emaús. Solamente aparece la silueta de Cristo, mientras que al fondo observamos otra silueta, la del segundo discípulo, recortada sobre otro foco de luz anaranjada. Este efecto lumínico acentúa aún más el dramatismo y el efecto sorpresa de la composición, como se observa claramente en el rostro del discípulo que vemos. La pincelada es bastante suelta, observándose manchas en algún lugar, lo que haría pensar que estamos ante un boceto o una obra muy personal para investigar efectos de luz como hace en el Autorretrato pintado en 1628.(http://www.artehistoria.jcyl.es/genios/cuadros/129.htm)

La Cena en Emaús
Rembrandt no había dejado nunca los Países Bajos, e Italia no debía atraerle particularmente: siempre se opuso sustancialmente al clasicismo. La Cena en Emaús de Rubens debía serle sin embargo conocida, pues en Leiden y Ámsterdam circulaban muchos grabados de la pintura parisina. Él se sentía fascinado no tanto por la dimensión realista y cotidiana del episodio evangélico: una cena entre amigos, como la describían Rubens y Caravaggio, sino por el tema de la visión (según la lectura de Simon Schama en su bella biografía sobre el artista, recientemente publicada por Mondadori). La pintura de Rembrandt (hoy en París, Museo Jacquemart-André) no se detiene en describir los detalles de la comida: fruta, pan, vistosas servilletas, cacharros de peltre relucientes, transparentes vasos, etc. Todo el drama se concentra en cambio en el rostro atónito y espantado del discípulo que observa a Jesús, representado en un contraluz total, como si fuese un fantasma a punto de desvanecerse. Un Rembrandt que no tenía aun veinte años facilita aquí una de las más desconcertantes claves de lectura de su propia obra: el problema del “yo” ante el misterio de la existencia. No es una casualidad que se conozcan una treintena de Autorretratos del artista, sin contar aquellos insertos en pinturas que representan otros temas: una representación casi maniática de sí mismo, una continua y espasmódica búsqueda de su verdadera identidad. Se retrató con distintas vestiduras, pero siempre solo. Educado en una tradición rígidamente calvinista, Rembrandt se convirtió en maestro de la representación del hombre solitario en cuyo rostro penoso se refleja la pregunta sobre el significado de sí mismo y de la propia existencia, como demuestran por ejemplo algunas representaciones extraordinarias de san Pablo en la cárcel, el Apóstol más inclinado a la filosofía, según la tradición iconográfica; o de Jeremías presagiando la destrucción de Jerusalén. Todo lo contrario que el católico Rubens. Llegado a Mantua, feliz de encontrarse finalmente en Italia, se llevó consigo a su hermano Philip y se retiró en compañía de un grupo de amigos. Siempre llega la hora de un encuentro que nos devuelva un conocimiento más nítido de nosotros mismos. Para Rembrandt fue el día en el que se casó en Ámsterdam con Saskia, un vínculo que le llevaría a dejar definitivamente Leiden, a retratarse en un joven enamorado en el espléndido Autorretrato del Museo de Berlín y, finalmente, a incluir a Saskia en una de las muchas representaciones de sí mismo, en el personaje del hijo pródigo vividor, único autorretrato que aceptó compartir con otra persona. Saskia murió desgraciadamente de forma prematura, después de haber dado a luz a su hijo Titus, al que Rembrandt retrató con una indescriptible ternura en el bellísimo Retrato de Titus estudiando de 1655.(Fuente: TERZAGHI, Cristina. "REMBRANDT, El rostro del Padre". En: http://www.huellas-cl.com/articoli/apr01/rembr.htm)


Lucas 24, 13-35
Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. El les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?» El les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron». El les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

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